En muchas cocinas, encontramos sal etiquetada como "Sal Yodada*", con la nota: "*Esta sal aporta yodo, un nutriente esencial". Entre los ingredientes, figura el yoduro de potasio al 0,006 %. Una porción de ¼ de cucharadita (1,5 g) proporciona 67 microgramos de yodo, aproximadamente la mitad de la ingesta diaria recomendada en EE. UU. (150 mcg para adultos).
El yodo es crucial para la glándula tiroides, ubicada en el cuello. Esta produce hormonas como la tiroxina (T4) y triyodotironina (T3), esenciales para el metabolismo. Sin yodo, su producción falla, causando fatiga, depresión, sensibilidad al frío y debilidad. La deficiencia también provoca hinchazón de la glándula, conocida como bocio.
El cuerpo humano contiene solo 20-25 mg de yodo. En regiones con suelos pobres en yodo, como la zona de los Grandes Lagos en EE. UU., las plantas y alimentos carecen de él, generando deficiencias. Por ello, desde la década de 1920, se fortifica la sal con yodo para prevenir bocio y trastornos tiroideos.
Durante la Guerra Fría, se recomendaban pastillas de yodo ante amenazas nucleares. Las explosiones liberan yodo radiactivo, que la tiroides absorbe, pudiendo causar daños o cáncer. Saturar la glándula con yodo estable impide esta absorción.
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