La mala prensa del agua del grifo se debe principalmente a tres aspectos: su apariencia, su sabor y su composición química. Érase una vez, "agua potable" significaba simplemente "agua del grifo", proveniente de un pozo o, más comúnmente, de una red municipal. Llegaba a hogares, oficinas, hospitales y restaurantes sin distinción de estatus socioeconómico. Era gratuita, accesible y sin envases ni instrucciones. Saciar la sed era tan sencillo como abrir el grifo de la cocina.
Esos tiempos han cambiado. Hoy, el agua potable puede ser del grifo, embotellada, filtrada, mineral, purificada, con gas o enriquecida. Procede de manantiales municipales, pozos, fuentes nacionales, importadas o de montaña. Puede ser gratis o más cara que la gasolina.
Lo gratuito sigue siendo el agua del grifo: ese (esperemos) líquido claro que, en países desarrollados, fluye mágicamente a nuestras casas. Antes, nadie cuestionaba su origen; se bebía, cocinaba y se usaba para el baño asumiendo su seguridad total.
Esa confianza ha disminuido, similar a lo ocurrido con los teléfonos fijos. Merecida o no —lo analizaremos—, el agua del grifo genera alarma hoy. Solo en EE.UU., en 2007 se consumieron más de 33 mil millones de litros de agua embotellada, y más del 40% de hogares tenían sistemas de tratamiento [fuentes: Discovery, EPA].
Así, incluso al llenar un vaso bajo el grifo, muchos optan por la versión filtrada, que cuesta entre 20 y cientos de dólares en instalación.
¿Vale la pena la inversión?
En este artículo lo desglosamos: evaluamos la seguridad del agua del grifo, comparamos con la filtrada y revisamos pros y contras del tratamiento doméstico.
Si no filtras tu agua, te preguntarás: ¿cuál es el problema real con el agua del grifo?