Nuestros cuerpos envían múltiples señales de hambre, incluso cuando no requerimos alimento adicional.
Si registraras tus pensamientos durante un día, "Tengo hambre" aparecería con frecuencia. Al tomar conciencia de esto, podrías cuestionarte si realmente pasas hambre constante.
Pero, ¿por qué sentimos tanta hambre?
Clarifiquemos: no nos referimos al hambre extrema o como problema social global, sino al hambre fisiológica en personas sanas con acceso adecuado a alimentos. Hormonas y el sistema nervioso regulan el apetito. Sin embargo, ¿cómo detectamos la necesidad de comer cuando no es estrictamente vital?
Richard Stevenson, profesor de psicología en la Universidad Macquarie de Sídney (Australia) y experto en comportamiento alimentario humano, explica que el hambre no es una sensación uniforme. "A diferencia de la saciedad, que es clara, el hambre varía mucho", afirma en un correo. "No es constante entre individuos y el estrés puede confundirse con ella".
Incluso señales como el estómago rugiente no son infalibles. Stevenson indica que muchas personas no reportan sensaciones gástricas al describir hambre, sino dolores de cabeza, debilidad o apetito oral. Sus investigaciones muestran que genética, depresión, ansiedad y trastornos alimentarios influyen en estas percepciones.
Un factor clave es el entorno: puede inducir hambre artificial.
"Ver, oler o pensar en comida nos convence de que necesitamos comer", dice Stevenson. Por eso los anuncios funcionan. Un estudio de 2009 halló que niños y adultos comen más snacks tras ver publicidad alimentaria; una revisión de 2016 confirmó mayor ingesta de alimentos poco saludables en niños. Investigadores llaman a esto "hambre hedónica", impulsada por placer, no calorías.
Esto explica por qué el hambre desaparece con distracciones o tiempo: no surge de necesidad real. "El desencadenante pasa, o un horario habitual se omite", explica. "La hora es una señal potente: si sueles comer al mediodía y lo saltas, sentirás hambre al notarlo".
¿Cómo discernir hambre real? "En una palabra, no hay truco infalible", responde Stevenson. "Nuestra biología nos impulsa a comer ante comida visible, ideal para ancestros cazadores, pero desafiante en entornos abundantes".